Estamos casi en invierno así que ya es de noche cuando llego. En la puerta se amontonan veinte chicas esculturales, altas y con las piernas trabajadas, con leggins, calentadores, y zapatillas de deporte. me miran de arriba a abajo. Me parece que se nota un poco que yo no he venido a hacer Funky, ni moderno. Me abro paso y desfilo por el estrecho pasillo hasta los probadores. Allí, más chicas de metro 80 y curvas de infarto. "Gracias al cielo que estas no van a mi clase". No me las quiero imaginar dentro de los entallados mallots, estirando sus largas piernas al lado de mi pequeño y deforme cuerpo de glotona del chocolate. Me basto y me sobro para sentirme insignificante, gracias.
Me arranco los pantalones como puedo, de un tirón me quito la camiseta, y como el mismísimo Supermán, ya estoy vestida, toda de negro, con las mallas bien apretadas. Parezco un regaliz negro preñado.
Da igual, salgo de allí corriendo y entro en el minúsculo estudio lleno de espejos. Bueno, ahí me siento más agusto. Completamente sola. Me observo en el espejo central. El malllot me queda grande en algunos sitios y pequeño en otros. No me hace precisamente "estilizada", como a las bailarinas, que parecen hadas de cuento.
Pero las demás niñas son tan pequeñas que aún creen en los reyes magos y en las cigüeñas que vienen de París, así que tampoco voy a sentirme menos. A decir verdad, soy la única que tiene curvas en la clase. Curvas mal puestas, pero curvas.
Y el resto de la clase, me las paso... putas, hablando mal y pronto. Las paso putas, sí, porque no soy capaz de hacer lo que las malditas niñas esas que creen en las hadas si son capaces de hacer. Me giro y me contorsiono y me doy vueltas a mi misma, parece que voy a partirme. "Salta!!" me dice el tío cuando tengo los pies hechos un ovillo. Flexionmo como puedo, salto, intento cambiar de posición y..... CRAC. Caigo con los pies en plena posición de cruce. Doy con las rodillas en la madera, en un intento de no partirme el pie en mi primera penosa clase, y beso el suelo con la gracia de un gusanito flotando en un retrete. Aunque a las pequeñas mocosas rosas les hago mucha gracia.
El profesor me sonríe. "Hazlo sin brazos, si te apañas mejor".
Pues no, pero da igual. Me esfuerzo la que más y acabo derrotada y ligeramente humillada por cinco medio metros, pero sabeis qué? Tengo una sonrisa de oreja a oreja y en esta puta noche de halloween no hay nadie más feliz que yo.
A Gabriel.
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