31 de octubre de 2012

En invierno, yo.

Me gusta el invierno. El aire frío arañando mi cara. El chapoteo de mis botas en el suelo mojado. El cielo gris, la luz blanca que se filtra por las nubes. Los besos bajo la lluvia.

Los reencuentros con una vieja amiga que nunca debió convertirse en vieja.

Me gusta, como tantas otas cosas en esta vida, me gusta y lo disfruto como un placer secreto, cuando voy sola y bailo debajo del paragüas, y tarareo canciones de los Backstreet boys sin saberme la letra.
Me gusta la sensación de hogar de llegar a casa y al calor, pegarme a un radiador y tener esa sensación de "hogar dulce hogar" que yo nunca podría tener si no fuera invierno. Si no fuera invierno y yo no fuera una mocosa no pisaría nunca el suelo de mi casa. Cualquier apestoso rincón de este apestoso (y solitario) lugar donde vivo es mejor que mi casa. Un banco del parque me da más paz que mi propia habitación.

En realidad mi habitación antes me gustaba. A veces todavía me gusta. Cuando apago la luz y enciendo la lamparita de luz blanca e hiriente que dibuja un círculo iluminado allí donde toca la pared. Pero es horrible entrar cuando hay luz, y cada parte del desastre se ve perfectamente. Ahí, las marcas de cuando tiré un vaso contra la puerta. Ahí, donde arañé la pared. Ahí, donde simplemente me siento y lloro.
Los momentos felices en mi habitación se esconden debajo de capas y capas y capas de ropa, libros, papeles, cartas, platos con restos de comida, alguna que otra foto... En general, mi desastre. Sueno algo tremendista, con un toque a pesimista y matices de dramática.
Es exáctamente como soy, supongo. Quizás por eso me gusta el invierno. Todo es más deprimente e irónicamente, así me siento más a gusto.
 
Por dios, Edu, si alguna vez lees esto, tu novia no es tan terriblemente depresiva como parece.

No hay comentarios:

Publicar un comentario